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Antiguo 16-07-2007, 11:31:45
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Talking Narrativa Erótica - Varios autores

Esta compilación corta es la primera de quizá más que haré... así que el tema del erotismo se expresa también en lo narrativo, y estos son justamente algunos que encontré valederos críticamente para que vosotros los podáis leer....

"Premio Gordo"
por Frank Otero Luque
Testimonio de un "macho" machista, al res-cate en vaca-ciones (Perú)


PREMIO GORDO (Testimonio de un “macho” machista, al res-cate en vaca-ciones)

Si yo soy obeso, mi amigo Dick –“tremendo” maestro de ceremonias que vive en USA- es un ropero de tres cuerpos. Sin embargo, él detesta a las gordas. Bueno; es decir, como pareja.

Dicky solía ser muy querido por todos nosotros, se mantenía soltero y sin compromiso, y cada vez que venía al Perú, le organizábamos outings y reuniones que él apreciaba mucho.

Años de años que nos visitaba cada diciembre e, invariablemente, lo emparejábamos por anticipado con alguna “chica” -inveterada costumbre limeña-, sin darle la más mínima oportunidad de elegir.

El diciembre pasado, a diferencia de los anteriores, ni bien bajó del avión, Dicky me sorprendió con un pedido; casi una súplica: “Hermano, por favor, esta vez NO me involucren en blind dates , porque siempre me toca una gorda en suerte, y ¡no me gustan las gordas!”.

No sé de dónde habíamos sacado que todos los gordos se sienten atraídos por las gorditas, y viceversa. Quizás porque Dicky nunca antes se había quejado y ellas comentaban que era un “pata estupendo”.

A la mañana siguiente, Dicky y yo nos reunimos con el Pato y Luis Fernando –un par de amigos- para comernos un cebichito y tomarnos unas chelas , y el tema de las gordas salió nuevamente a relucir. Prefiero citarlo textualmente para no tener responsabilidad ni solidarizarme con lo que les voy a relatar:

Todas las “peso pesados” –afirmaba Dicky- suelen ser muy simpáticas: “Carlotita es una linda chica”, te dicen sus amigas; “Deborita tiene un corazón de oro”. ¡Claro! Gorda y chinchosa sería una terrible combinación.

Invariablemente, las gorditas son amenas conversadoras, tienen voz suavecita; al gesticular, mueven sus muñecas y sus rechonchos deditos con mucha gracia, y adoptan un aire de fragilidad que no encaja en la escena. Además, es cierto que las gordas son las que menos comen en los restaurantes. Ellas ordenan poquito, casi como faquires, y pueden pasarse toda la velada con un aguadísimo “Daikiri”.

(Aquí empieza lo realmente malo)

Creo que estos comportamientos y amaneramientos –prosigue Dicky, con tono de erudito- obedecen a una suerte de camuflaje psicológico, como para dar a entender que no tienen ninguna responsabilidad por el cuerpo de elefante que se manejan.

-Ejem, ejem… -Luis Fernando se aclara la garganta.

-Compadre, ellas engordan por el aire que respiran –dice Dicky sarcásticamente-, mas no por los dulces y demás chucherías que engullen desde el amanecer hasta el ocaso, y desde éste hasta la mañana siguiente, en constantes asaltos al refrigerador. Yo soy gordo –confiesa- y sé perfectamente de qué pie cojean. A veces, me dan pena las pobres gorditas –continúa Dicky, simpatético- cuando, por ejemplo, alguna anoréxica impertinente que está en el grupo se pone a hablar sobre la nueva dieta que está siguiendo, de su rutina de aeróbicos, de las tallas que ha bajado, de la fuerza de voluntad, etcétera; y la pobre “papeadita” quisiera fulminar a su amiga con la mirada, y me mira de reojo para ver si la secundo. Peor aun, cuando la top model se da cuenta de que ha metido la pata , porque somos dos los incómodos, y concluye con el peruanísimo “creo que estoy agarrando carne” , se ríe nerviosamente y, al comentario, le sucede un perturbador mutismo general, con miradas y expresiones más burlonas que una franca carcajada.

(Al hurgar en nuestra memoria, nos sentimos un poco culpables con el comentario de Dicky)

Bailar con una gorda es, literalmente, todo un “rollo” . Primero, porque uno no sabe de dónde sujetarse. Donde uno toque, se encuentra con una masa gelatinosa. Esto también es muy incómodo para ellas, porque saben que han sido desnudadas por sentido del tacto, a pesar de la carpa (ellas no se visten; sólo se cubren –nos aclara Dicky) que se han puesto encima para engañar a los ojos. Además, las gordas suelen poseer una tetamenta considerable, que se les perla de sudor con el ejercicio de un ritmo movido, y esto impone, definitivamente, un aislante de contacto para una pieza lenta. Hay algunas, sin embargo, que no tienen el más mínimo reparo de aplastar contra uno su sudada pechuga, como si les fuéramos a sacar una mamografía.

-No te pases, Dicky. Tú tampoco eres precisamente un Adonis. -le aclaró Luis Fernando.

-Sí, cuñao , pero yo soy hombre.

-¿Y no crees que ellas sientan lo mismo al agarrarte?

-Mira, huevón ¡yo no tengo tetas!

(Dicky corta los comentarios al reanudar su relato)

-Y nada peor que llevarse una gorda a la cama –Afirma Dicky con conocimiento de causa. Son las mujeres más delicadas del mundo hasta que pisan la habitación del hotel. Una vez allí, la gorda se transforma: conoce a la perfección dónde queda el interruptor de la luz, al que le pone automáticamente la mano encima para evitar que uno la encienda. “Más romántico es a oscuras”, te dice al oído, pero ahora ya no tiene voz suavecita, sino ronca y grave. Acto seguido, la gorda se mete al baño, hace una cantidad bárbara de extrañísimos ruidos y se demora centurias en salir. Cuando llega tu turno, ella ya ha transformado el cuarto de baño en una sauna, porque las gordas suelen utilizar el agua muy caliente, como si quisieran disolverse toda la grasa en una sola sesión de vapor. Para colmo, nunca te dejan una toalla seca –corrijo, ni siquiera una toalla-, porque es un milagro sino salen envueltas también ¡con la cortina de la ducha!

-¿Y a ti no te da roche que te vean calato ? –Le pregunta el pato.

-Yo soy hombre, huevón.

Todos nos miramos un tanto desconcertados.

Lo más difícil –continúa Dicky- es cuando la suerte está echada –“desparramada”, diría yo. Fornicar en la oscuridad puede ser un placer indescriptible, cuando uno adivina y dibuja mentalmente una fisonomía femenina estándar. Pero en el caso de una gorda, uno no sabe ni por dónde empezar: ¡se le confunde la papada con el busto y la barriga! Uno puede pasarse media hora tratando de encontrarle el pezón a una teta, para descubrir finalmente que ha estado baboseando ¡un vulgar rollo de su estómago! Y nunca se tiene la certeza si se le está acariciando un brazo o una pierna. En fin…

(Carcajada general)

Pero cuando la gorda se cansa de tanta confusión y decide tomar la iniciativa, no hay mujer más inspirada en cuanto a variedad de posiciones. ¡Se las sabe todas! ¡Y quiere ponerlas en práctica! El 69 se convierte alternativamente en un “669” o en un “699”. “Pareciera que voy a alzar en vuelo”, te confiesa descaradamente cuando está encima de ti, mientras sientes cómo te destroza los riñones con cada uno de sus “altibajos”.

¿Tú eres ciego, Dicky? ¿No sería más justo decir que el 69 se convierte en el “6699”? ¿Y has pensado, también, en sus pobres riñones? -le pregunto.

¡Bueno, ya! Está bien -Dicky se incomoda. El repertorio sonoro de una gorda –afirma, alzando la voz para acallar la del resto- también es cosa seria: jadeos, gemidos y hasta alaridos, con registros de soprano ¡y de tenor! En cierta ocasión, llegaron a telefonearme de la administración de un hotel, preguntando si ocurría algún problema. Es que las gordas son multiorgásmicas y “multi-todo”.

(Otra carcajada del grupo, pero nerviosa).

Después de la lucha cuerpo a cuerpo –“algo así como una pelea de Sumo”, aclara el Pato, con voz burlona, sin obtener eco de parte de Dicky-, las sábanas quedan totalmente mojadas, pero la gorda quiere quedarse echada un rato más para hablar, y manipula la conversación para que le propongas matrimonio y le jures amor eterno. Saltas de la cama como un resorte, pides a la administración que te traigan toallas adicionales y rápidamente te metes al baño, pero ahora la gorda ¡quiere ducharse contigo! Por supuesto, le tiras la puerta en la cara.

-¡Eres una mierda! –le dice el Pato, quien ya balbucea las palabras por la cantidad de chelas ingeridas.

-No existe gorda que permita ser dejada en su casa sin desayuno –continúa Dicky, como si no hubiese escuchado el comentario del Pato. “Algo ligero en el camino”, te dicen hipócritamente. Les encanta parar en un hotel de lujo –no en uno similar al que acaban de pasar la noche, lo cual desconcierta al taxista; y la gorda se venga del mal trato recibido, ordenando huevos fritos con tocino, panecillos con mantequilla y mermelada, jugo de naranja y café con leche. Y una gorda desairada come en silencio, en estado de trance, como si estuviese cumpliendo una misión para la que ha sido biológicamente programada.

(Más risas)

Habiendo hecho justicia con la tragazón matutina al desplante en la ducha, la gorda se relaja un poco, pero sólo pronuncia monosílabos durante el trayecto. Ella sigue mirando por la ventana, como si no existieras, aunque ya no mece inquietamente la pierna derecha ni tamborilea con sus dedos sobre el asiento. Pero cuando llega a su destino, que no te sorprenda un in promptu , en el que se te lanza encima para darte un beso y decirte que eres lindo…
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"EN EL BOHÍO"
por César Rubio Aracil
A Patricia/Yeza, mi caribeña
amiga de La Cibeles. (España)


Parecía como si de un momento a otro el cielo fuera a derrumbarse. A cada relámpago, la tarde se estremecía. La tronada era impresionante, e impetuoso el turbión. Yo estaba en medio de un prado cultivado de zacatón y, como a un cuarto de legua en dirección al mar, divisé un bohío. Durante unos instantes dudé entre tenderme en el suelo a la espera de que cesara el aguacero o de echar una carrera para guarecerme en la cabaña. Le temía a los rayos, puesto que habían sido varias las personas que habían sido fulminadas en poco tiempo como consecuencia de las chispas eléctricas. Tenderse en el suelo era lo mejor para evitar la atracción de los centellones ; pero estaba tan cerca el bajareque ... "No", pensé. "Me la juego". Y cuando estaba dispuesto a emprender la carrera bajo la lluvia torrencial, vi a una mujer en bañador de dos piezas y al amparo de uno de los pocos árboles que moteaban el herbazal.
Me fijé en ella. Parecía tiritar, no sabía si de frío o de miedo.
- ¡Venga hacia mí ! -le grité para que me oyera, haciéndole señas. -¡Quítese de ahí -y di unas zancadas hasta situarme a poca distancia de la dama.
-Quítese debajo del árbol. ¿No se da cuenta de que corre un gran peligro ?
Cogidos de la mano, echamos a correr hacia el bohío. Parecía como si el cielo se abriera de cuajo a cortos intervalos.
- No tema. Nos queda poco para guarecernos.
Yo la llevaba casi a rastras, los pies embarrados y nuestros cuerpos chorreando.
- No puedo más -se detuvo la mujer, parándose en seco y haciéndome trastabillar.
- Siento haberla agotado. Tome aliento y corramos de nuevo. No me gusta el cariz de esta tormenta. Nunca he visto nada igual, y eso que sé bien cómo se comporta el "guari-guari".
- ¿Y eso qué significa ? -me preguntó extrañada la chica.
- Es el nombre que yo le pongo a las tormentas hembra. "Guari-guari", en la lengua de los guarichos (me refiero a los indios caribes), tiene el sentido de mujer o hembra. Por eso son tan fieros estos turbiones.
- ¡Ah ! ¿Somos así las mujeres ? -y comenzó a reír. Pero un horrible trueno la hizo abrazarse a mi cuello.
Ni truenos ni centellas ; ni que el firmamento estuviera desplomándose sobre nosotros, permanecimos abrazados por unos instantes. Yo notaba su palpitante busto sobre mi pecho desnudo y ella, por absoluto rigor del tacto, tuvo que apreciar entre mis piernas la severidad del empuje fálico, que de manera instintiva pugnaba por abrirse paso entre sus muslos tratando de vencer la normal resistencia de la hembra y los impedimentos de su trusa.
- ¡No, por Dios ! -escuché su exclamación cuando, de repente y soltándose de mis brazos, emprendió una veloz carrera.
La dejé marchar. No era cuestión de perseguir a una mujer atemorizada por la furia de los elementos y la fiebre sexual de un desconocido. Yo pensaba que iría a guarecerse entre la fronda de un bosque próximo al bohío, que Dios la proteja de los rayos, no sabe lo que está haciendo, pobre mujer.
Pero me equivoqué. Vi que se detenía para, haciendo ademanes imperiosos con los brazos, invitarme a que la siguiera, camino de la choza.

- No me trates de usted -me pidió Chata (que así se hacía llamar la gallega motivo de esta historia) cuando, en la cabaña de palma y carcomidos puntales, la intimidad del ocaso estaba dejando huérfanas de sentido las palabras.
Era evidente que el denso silencio reinante (mutismo de sonoras expresiones, magnificadas por el fiero esplendor de la tempestad) estaba propiciando en Chata un tímido mohín de enfado, como si algo ajeno a su voluntad estuviera perturbando los abiertos deseos que en ella iban prosperando a medida que la tronada, la lluvia, el granizo y las exhalaciones celestes arreciaban. Yo, como macho caribeño, no podía permitir las premiosas licencias que estaba concediendo a mi timorata conducta ante la mujer que ansiaba mis besos y caricias.
Apreté a Chata entre mis brazos. Ella hizo un inseguro gesto de resistencia que cedió al instante, cuando mis labios se posaron en los suyos y mis manos, como desesperados rabos de lagartijas, exploraban los recónditos espacios de su tersa y tierna anatomía.
- Me estás matando, mi negro -musitó junto a mi boca lujuriosa al tiempo que, con la premura de la rabiosa impaciencia, me despojé de la exigua cobertura de mis partes pudendas, la "paradera" en virulenta acción, como si mis atributos estuvieran (que lo estaban) demandando del inquieto, ensortijado "papo" de mi amada la penetración en el nido del amor.
La poseí. Nos poseímos. Casi nos ultrajamos, yo el "pingaloca" que Chata anhelaba para sentirse hembra, tal vez por primera vez ; ponte a cuatro manos, amor, sobre la bosta de este bohío, para que nos revolquemos en el pringue de la vida y conozcas del beso negro las excelencias de mis linguales caricias ; así, amor, así, así ..., yo "empapayado" ; tú, "empatada" con mi pinga en este relajo antillano, Chata en su derrumbe total de los más bajos placeres carnales con sus gemidos de mujer/fiera, y mis jadeos guajiros compitiendo en intensidad con la tronada.
Pasó la tormenta. En el cielo azul de Cienfuegos, un frente de cumulonimbos se alejaba en dirección a las prominencias de Guamuhaya.
- ¿Te sientes bien, ricona ... ? -Pero unas urgentes voces masculinas aceleraron nuestra separación :
- ¡Chataaaa ... ! ¡Chataaa ... ! ¿Estás ahí, Chata ?
- ¡Por Dios, es mi marido que me está buscando ! ¡Escóndete detrás de esas tablas ! -me apremió la guaricha. Pero un cubano no se arredra por nada ni ante nadie.
Entró el gallego al bohío. Me encontró en un rincón de la choza, modelando un trozo de tabla con mi reluciente navaja de siempre.
- Gracias a Dios que ha podido usted dar con ella. He logrado convencerla de que debajo de un árbol podía ser víctima de algún mal rayo. No la deje usted sola en las soleadas tardes de Cienfuegos. Cuba no es Galicia, señor.
Chata me había entregado el fondillo y yo recordaba con apasionado rencor hacia su marido la "bullú’a" de su hembra : grande, abultada y oculta entre un mar de vedijas.
- Gracias -pronunció el gallego sin demasiada convicción fijándose en mi torso desnudo y en mi pantalón corto, floreado y descolorido.
Cuando Chata y su marido abandonaron el bohío, pensé en cómo agradecerle a la gallega nuestra tarde de eróticas sensaciones. Lo único que podía hacer en su honor era lo que hice. Me volví a quitar los pantalones e hice palmas con una sola mano, mientras escuchaba con nostalgia los lejanos sones del ángelus.
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Antiguo 16-07-2007, 11:33:53
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"LA CANGURO"
por Meria Albari (España)


El Sr. García era feliz. Por fin, su señora había accedido a contratar a una canguro para que se quedara con los niños. Había tenido que realizar un trabajo, lento, meticuloso, para derribar el “no” del primer momento. Las carcomas no hubieran hecho una labor mejor. Le había salido carísimo, pero, por fin se había rendido. El ramo de orquídeas- ¡que precio tienen las jodidas!- , la cena, el cava y el broche de lapislázuli terminaron con cualquier reducto de resistencia que pudiera quedar. ¡Había ganado!

Se frotaba las manos de felicidad mientras se dirigía a su casa. Por si acaso, se paró en una perfumería y le compró ese perfume de Dior que tanto le gustaba. ¡Esta noche! ¡Esta noche!

- Cariño, ya estoy aquí...mira lo que te traigo ( con una voz cantarina y melosa)

- Hola, amor. Déjame ver (entre intrigada y recelosa, quitando el papel). Mi perfume preferido. Mi niño, últimamente me tienes como una sultana...

- Tú te lo mereces todo. Eres mi “ricurita”. Por cierto, ¿ha llegado la “canguro”? ¿Qué te ha parecido?

- Si ha llegado, está con los niños. Parece muy agradable, estudia y para costearse sus caprichos trabaja de “canguro”.

- Ves, como yo tenia razón y esta noche, después de cenar... ¿te preparo una copa?

- Si, por favor, un martine seco

Estuvieron haciéndose zalamerías y arrumacos un buen rato. El Sr. García procuraba que la copa de su señora no estuviera vacía. Ella cada vez más contenta y con la risa más frecuente. Llegó la cena, regada generosamente con buen vino, y...

- Cariño, esta noche haremos un “australiano”

- ¿Un qué?

- Un “australiano”

- No, Mariano, no. ¡Nada de extravagancias!

- Si, mujer, que me han dicho que es estupendo. ¡Ya verás lo bien que lo pasamos!

- No, Mariano, ¡Te he dicho que no!

- Pero mujer, si no lo hemos hecho nunca

- Pues por eso. Ya conozco tus innovaciones y, siempre terminamos igual: yo, a dos velas, y haciéndote una mamada.

- No, mujer que no es eso. ¡Te lo juro!

- Pues explícamelo...

- Mira, tú te sientas cómodamente en el sofá. Te desabrochas la camisa dejando al descubierto una pequeña porción de tus magníficos senos. Bajamos la luz, ponemos esa música francesa que tanto te gusta y que te pone a cien...

- Y, ¿tu?

- Yo, pues... me “beneficio” a la canguro
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Antiguo 16-07-2007, 11:34:18
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"Naranjas y limones"
por Meria Albari (España)


Se habían pasado toda la tarde y parte de la noche haciendo el amor (¡que cursilada como si el amor pudiera “hacerse”!). Se habían pasado todo ese tiempo jodiendo. ¿Por qué no escribir lo que todo el mundo piensa?; pero a esa hora de la madrugada, próximo el amanecer, los dos yacían, uno al lado del otro, esperando que algo o alguien los despertara.

Ella dormía boca a bajo con la pierna izquierda ligeramente doblada, la derecha totalmente estirada; la cabeza, fuera de la almohada, sobre el brazo derecho y el izquierdo cerrando a éste. La melena se derramaba tapando la poca cara que los brazos dejaban ver y caía, en parte, sobre estos. La redondez de sus nalgas invitaba a tener los pensamientos más lascivos.

Él, boca arriba, se mostraba desvergonzadamente insultante. Una cara perfecta en la que destacaban unos labios gruesos, lujuriosos. Cuello largo. Tórax atlético, sin extravagancias, donde resaltaban unos pezoncillos juguetones. Abdomen plano, con un ombligo perfecto debajo del cual, cubierta por una sedosa montera de vello negro, emergía, esplendorosa, una verga que distraídamente caía sobre los testículos.

Debió de ser un mosquito el que hizo que él se despertara. Se incorporó, como sobresaltado, llevándose una mano al hombro derecho al que masajeo suavemente.

Tras mirar un instante a su compañera se levantó y, dirigiéndose a la ventana, se sentó en el alféizar. Encendió el cigarrillo que había cogido de la mesita de noche, aspiró y exhaló el humo varias veces seguidas con ansiedad.

Pasado un tiempo, empezó a recorrer con la mirada el cuerpo de ella y a siluetearlo con el humo de su cigarrillo. Este juego, inocente al principio, poco a poco fue despertando su deseo. Su verga, hasta ese momento tranquila, comenzó a dar señales de vida.

Dejando la ventana se aproximó al lecho y retirando el pelo, que le cubría parte de la cara, descubrió una oreja, pequeña, tierna y bien conformada, a la que empezó a besar, a lamer y mordisquear con suavidad. Casi al instante se oyó un ronroneo de placer. La dama, estirándose felinamente, al mismo tiempo que se giraba tomó la cara de él con sus manos, y buscando su boca le dio un suave beso al mismo tiempo que decía, algo así...: “Buenos días, amor”.

Como ambas bocas se habían quedado muy próximas, no tuvieron ningún problema en fundirse en un nuevo beso. Sus leguas empezaron a bailar un vals frenético en sus bocas y no quedó un solo rincón de ellas sin explorar.

Los cuerpos acompañaban a ese ballet. Los pezones de ambos, de tan duros llegaron a ser dolorosos. Sus respectivos sexos, cada vez más húmedos y lubrificados, se iban preparando para el envite final.

Cuando el clímax estaba alcanzando ese punto sin retorno, nuestro amigo, con una sabiduría magistral abandonó la boca - no sin una tímida protesta por parte de ella- y, abordando la barbilla, empezó a prodigarle una serie de pequeños y rápidos besos que alternaba con otros en los ojos. La provocaba, se ofrecía, para inmediatamente retirase y volver a empezar. Un toma y daca perverso, pero sabiamente administrado.

Deslizándose hacia atrás y siguiendo con el besuqueo llegó a unos pechos, pequeños y respingones, con unas areolas perfectas cuyos pezones, cual guindas, invitaban a ser comidos. Nuestro amigo, conocedor del placer que ofrecían y que proporcionaban, inició un concienzudo trabajo en el que se alternaban manos, labios y lengua de una manera anárquica pero sistemática. Su buen hacer se hacia manifiesto por los gemidos que ella daba.

El sudor cubría sus cuerpos y daba a los besos un agradable sabor a salado.

Cuando ella pensaba que su amante se cansaba, tomaba el mando. Su maestría no era menor a la de él. Ni su lengua menos sabia. Sus besos y mordiscos, hábilmente administrados, le daban un placer tan intenso que lo hacían chillar de goce; pero suplicando con la mirada que no cesaran.

Se giraban, rodaban, recorrían toda la cama, ofreciéndose uno al otro en todos los ángulos y posturas inimaginables.

Las manos de ambos buscaban sus respectivos sexos y, cuando lo encontraban, sus dedos cantaban la mejor de las canciones. Él, exploraba concienzudamente ese templo húmedo y caliente; ella, sopesaba sus testículos, los estrujaba amorosa, delicadamente y con las yemas de sus dedos hacia pequeños masajes en ese glande turgente que parecía estar a punto de estallar.

Volvían a los besos; si estaban en el suelo se subían a la cama donde se perseguían como niños jugando al escondite. Descansaban, tomaban un sorbo de agua, rociaban con ésta sus cuerpos. Volvían a chuparse, a lamerse, a besarse....

En un momento él quedó entre las piernas que se habían abierto mostrando, una vez más, la gruta de los deseos detrás de una cortina de suave pelusa. Sin pensarlo y sin dudarlo empezó a lamer, introduciendo su lengua en todos los rincones y moviéndola con especial intensidad alrededor de ese botoncillo concebido especialmente para el placer.

Ella, sintiendo la proximidad de un orgasmo, intentó retiradlo para retrasar ese momento; pero él, que esperaba esta reacción, presionó aún más y siguió bebiendo ese néctar caliente que impregnaba toda la cueva. Al segundo, el grito de ella y la presión de sus muslos, le confirmó lo que había pasado.

Intentó girarla para buscar la otra gruta- la hermana pequeña- que ya había explorado con sus dedos mientras libaba en la mayor; pero ella, rápida como el viento, se deslizó al suelo, quedando de rodillas, la verga de él enfrente de su boca. Mirándolo de una forma perversa y tomándola con sus manos la dirigió a sus labios que la rodaron glotonamente. Comenzó un balanceo que aumentaba y disminuía de manera caprichosa, pero tenaz. La lengua recorría todo el glande, insistiendo en su masaje y retirándose cuando los suspiros de él se intensificaban.

Hacia breves descansos que utilizaba para jugar con los testículos enredándoselos en los cabellos o recorrer, con la punta de su lengua, toda la verga. Así, se recreaba perversa y malévolamente.

Después, comenzaba otra vez su juego. De este modo una y otra vez, hasta que en un momento sintió cómo su boca se llenaba de un semen caliente y salado, al tiempo que él gritaba, gritaba...

................................
- ¿Qué ha pasado?
- No lo sé, estaba tranquilo pero hace un momento ha empezado a agitarse. a sudar, a quejarse... Las alarmas del monitor se han disparado. Ha entrado en fibrilación; hemos intentado revertirlo pero ha sido imposible.
- ¡Lastima!, estaba convencido de que saldría.
- Yo también. Era tan joven.
- Se ha dado cuenta de una cosa.
- No, ¿de qué?
- De la serena placidez de su cara
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"COMO ME LO CONTARON LO CUENTO"
por César Rubio Aracil (España)


A Meria,
que me está enseñando
a escribir relatos eróticos.

Justo padecía de una orquitis crónica además de que, por malformación congénita, tenía que vérselas con una rara monorquidia, agravada por un impertinente hidrocele que lo llevaban de cráneo. Es decir: tenía un sólo testículo, muy inflamado debido a una acumulación excesiva de líquido en la túnica serosa. Pero no acababa aquí la tragedia ya que su pene, cuando comenzaba la erección, se le curvaba de un modo anómalo, eso sin contar con una estrecha fimosis que, por temor al quirófano, le dificultaba los encuentros íntimos con su pareja. Menos mal que se había unido a una viuda y no le fue necesario desvirgarla. Lo que se dice todo un récord de infortunio a la hora de las verdades sin cuento. Clara, su compañera sentimental, trataba de tranquilizarlo con animosas palabras llenas de comprensión y femenino encanto; pero él, ya digo, temeroso de afrontar el par de horas de bisturí que lo dejaran hecho un hombre: circunciso y con su larga, voluminosa minga derecha cada vez que su natural potencia viril le exigía batallar en la cama -terror de los terrores-, tenía que hacer piruetas para que su bálano acertase a penetrar por el lugar conveniente y no, como casi siempre sucedía, que apuntara en dirección al "bullate".
- Justo, por ahí no, amor, que me haces daño. Agáchate un poco más y yo la encajaré en su sitio.
El "sitio" estaba próximo, pero Justo perdía siempre la brújula en los momentos decisivos y se afanaba en su empeño por abrir un nuevo camino: una bifurcación en la senda sexual.
- Escucha, amor -Clara interrumpió el proceso cuando él, dale que dale al torcido rodrigón, intentó una vez más, en vano, hacer oídos sordos a las suplicas de su compañera y proseguir en su perseverante actitud-. Cuando decidas entrar en el quirófano, y luego de que el cirujano te arregle los "bajos", te prometo ser permisiva contigo. Aunque me tengas que desvirgar el cuadril; pero ahora no, porque no podrías hacerlo.
- ¿Y si me quitan el único huevo que tengo?
Clara no estaba en aquellos momentos para largas explicaciones y atajó el asunto haciéndole a su hombre una felación en toda regla; pero pensaba que para ella sería lo más conveniente, porque cada vez que a Justo se le antojaban ciertas prácticas, la pobre mujer tenía que jadear por la nariz.
Transcurridos unos cuantos meses, el escroto de Justo equilibrado gracias a los avances de la cirugía estética; la verga recta y enhiesta como el ciprés de Silos y el glande liberado de la tiranía epidérmica, en la primera noche de un celebrado día agosteño, la luna haciendo guiños a la pareja a través de la abierta ventana de su alcoba, él, entusiasmado por el éxito de la ciencia, le susurró al oído de su compañera:
- Clara, lo prometido es deuda. ¡Venga, amor, vamos al dengue!
- Cariño, ¿a qué dengue te refieres?
- ¡Leche!, ¿a qué voy a referirme? ¿Acaso has olvidado tu promesa?
- ¡Ah, ya! Sí, amor, no se me había olvidado. Lo que sucede es que ahora tendrás que esperar tú a que yo decida operarme de las almorranas.
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