La noche avanza derribando la tímida resistencia de farolas, que apenas soportan el peso de la densa oscuridad. Parece una nube negra aplastándolo todo a su paso, devorando la luz como si arrebatara el alma. Una calma fría recorre las calles ocultando, en aquel laberinto de hombres, un impulso visceral que emerge del infierno. Más frías que nunca, las paredes de aquellos edificios sobrecogidos, transmiten la vibración de un mal que acecha buscando su víctima. Solo una bestia puede impregnar de tanta maldad, aquel aire de sofocante muerte con su aliento.
Esta era la esquina de sus noches, no se la imaginaba a la luz del día. Le era más cómodo pensar que de alguna manera, permanecía apartada en la penumbra de los secretos que vuelan a media voz, al abrigo de miradas incómodas. Donde solo la complicidad de inconfesables deseos compartidos, le excita más que nada en la vida. Su falda ajustada, sus tacones de punta fina, las medias de seda, y sus andares de meditada sensualidad. Su pelo rubio, sus labios de rojo perfilados, sus ojos de esperanza prolongada; y la blusa azul que deja al descubierto, el pecho de una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre inalcanzable. Esa era Lucy, una reina en la rutina de aquella esquina, donde por encima de todo se llena de vida. Soporta cualquier cosa por sentirse deseada, por arrancar el placer de seres que buscan sexo, y encuentran un corazón entregado, que solo late por complacer sintiéndose mujer.
Pero esta no era una noche más, Lucy no entendía el porqué en su interior se concentraba una angustia desconcertante. Siempre se mantenía discretamente apartada de la luz, pero hoy la buscaba instintivamente, en pos de un refugio inaccesible. Por primera vez en su vida se vio envuelta en tinieblas, rodeada por las fauces de una oscuridad que ansiaba atraparla, y fue consciente de que se encontraba sola, apartada de cualquier calor humano. Le temblaron las piernas, aplastó su espalda contra la pared, y el pavor se encendió en su pecho andrógeno. Su bolso de piel sintética se le escapó de entre las manos, abriéndose al impactar contra el suelo. Unas monedas rodaron alejándose unos metros. Incapaz de agacharse, impasible, apenas quiso respirar. Escuchó el torrente de sangre en las venas, el fluir de un miedo que no entendía, pero que se apropiaba de todo su ser por momentos.
Entonces percibió un leve movimiento, una sombra entre las sombras, el núcleo mismo de un vacío que se inundaba de iniquidad, y que poco a poco se mostraba al acercarse. Apenas visible, aquel ente recogió las monedas caídas, y permaneció quieto: la miraba, se centraba en ella deleitándose en la fragilidad de la víctima entregada. Lucy clamó al cielo desesperada, buscando ayuda divina, pero solo encontró el débil fulgor de un farol, que apenas la amparaba. No eran ni cuatro, los pasos que había entre la vida y la muerte, entre ella, y los imprecisos márgenes de la maldad materializada. Estaba frente a esa malignidad, tan próxima, que sentía como la agonía le llenaba el alma anticipadamente. Hizo un esfuerzo por ver la forma de ese engendro que la amenaza, pero nada pudo definir entre los límites, de lo que acaso fuera un ser humano. Y el mal se le acercó un paso más, y con él, la tenebrosidad que lo cubría.
Las medias de seda se humedecieron, y la orina se acumuló rodeando los tacones de punta fina. Su cuerpo desbaratado era incapaz de contener los fluidos que le daban soporte, y hasta la sal renegaba de sus ojos, traicionando a las secas lágrimas de la desesperación. Huyendo de si misma, como huyen las ratas de un barco que se hunde, quiso estar definitivamente muerta.
Larvada en lo más recóndito de las pesadillas, la bestia paladea el dolor que su presencia origina, y da un nuevo paso adelante. La luz cede descomponiéndose ante un organismo que abomina de la vida, que la desprecia; que se inflama con un odio que se expande con su mefítico aliento. La farola, que tantas noches iluminó los desvelos de aquella mujer de amor infatigable, lucha ahora por no extinguirse, por mantener encendido el hálito que permite a Lucy continuar pegada a la pared. Ella no para de temblar, las piernas se le aflojan, y sus manos blancas y pequeñas apenas logran esconder su boca cuando vomita el terror que sus vísceras no soportan. Y apenas siente dolor cuando la sangre se abre paso a través de su pecho depilado, ni cuando la garra se hunde en su vientre de mujer infecunda. El dolor la invade cuando comprende que lo último que alcanzará a ver, es su imagen reflejada en los ojos de quien le arrebata la vida.
Lucy cae sobre los restos de su agonía: una mano sobre el vientre, y la otra en el pecho. Sus dedos finos muestran uñas de rojos corazones dibujados, acaso fueran algunos de los muchos con los que compartió la bondad que desbordaba el suyo. Y la farola desfalleció irremediablemente, y con ella, aquella esquina nunca imaginada a la luz del día.
El nuevo día llegó con retraso: la mañana se tuvo que emplear a fondo batiéndose contra la pegajosa oscuridad de una naturaleza muerta; recogiendo las sombras que, como cadáveres, se amontonaban tras la guerra. Pero hubo uno que no pudo retirar. Junto a una pared yacía un cuerpo, era el escenario de la más cruel e indigna de las batallas. Mostraba los estragos de la desolación.
Lo primero que llamó la atención de aquellos que la encontraron, era que después de arrancarle los ojos, su verdugo había introducido en ellos unas monedas.