Una calurosa mañana de verano de uno más de tantos días de trabajo, mi compañero y encargado de la terraza Mauro, iba a recibir la visita de un antiguo amigo del que hacía mucho no tenía noticias.
Mauro era una persona estupenda, pero que a primera vista se antojaba serio y estirado. Servía entre las reducidas mesas de aquél café de mil historias, con la habilidad de todo un profesional... yo me encargaba desde la barra, de preparar y facturar cuanto sus clientes demandaban.
Como digo el antiguo amigo apareció bajo aquel calor y, al reconocerse ambos, se llenaron de la natural alegría y regocijo. Después de los oportunos comentarios sobre la ironía del destino (resulta que vivían muy cerca el uno del otro), Mauro lo invitó a una cerveza fresquita, a lo que Ernesto no se opuso puesto que era lo que en ese momento más se agredecía.
Yo uniéndome a la alegría, puse tres enormes jarras recien tiradas con su espectacular y blanca espuma, y como aperitivo, unas tristes y saladas almendras. El amigo sacó entonces de una bolsa plástica, lo que dijo eran huevos de perdiz roja recién cocidos, invitándonos a degustar junto a las cervezas lo que él denominó una exquisitez. Yo, de siempre apocado y soso, acostumbrado al poco sofisticado y vulgar huevo de gallina, decliné la invitación, pero Mauro....¡Mauro lo conocía todo, lo sabía todo, lo había comido todo, y no había algo que él no hubiera experimentado o conocido, en su larga vida de habilidoso camarero de bandeja en ristre! Así que aceptó el ofrecimiento y me pidió el salero, dispuesto a disfrutar de un bocado que naturalmente ya había experimentado en su contrastada vida como profesional. Esas cosas del destino quiso que el salero y el bicarbonato estuvieran juntos, y al estirar la mano para cojerlo me pudo la tentación y en vez del primero le di el segundo.
Le quitó la frágil cascara... lo partíó con mimo a la mitad, cogió lo que pensaba era la sal, vertió ritualmente unos pocos granos, y con gran agrado y satisfacción se lo llevó a la boca. En su cara de pobladas y largas cejas, apareció primero un fuerte color rojizo, que mientras masticaba se tornó en suave y pálido amarillo. Tragó, agarró con decisión la relajante cerveza y echó un trago. Miró la mitad que quedaba entre sus dedos y suspiró. Mientras tanto y de una sola vez, su amigo había deglutido el suyo, poniendo énfasis en el punto de calidad y sabor de tan extrordinaria delicatessen.
De nuevo Mauro cogió el "salero", siendo en esta ocasión mucho más espléndido
con lo que de nuevo pensaba era sal. Sacudió enérgicamente sobre la mitad restante del huevo y no tardó en acumular un montoncito de blanca sustancia en el mismo (posiblemente trataba de camuflar con "sal", lo que pensaba era el repugnante sabor de la puñetera deposición perdicera). Lo llevó a la boca, y en pocos segundos y ante un súbito estado nervioso, su cuello frenético se sacudía de un lado a otro intentando con disimulo, encontrar donde escupir semejante porquería. Como esto era imposible optó por tragar ayudándose de la fresca jarra de cervaza. Aún no había terminado de apurar el profundo sorbo cuando la espuma provocada por la mezcla del bicarbonato y la bebida le salía por las narices.
Yo que ya no podía aguantar las risas, exploté en una sonora carcajada. Y Mauro que en ese preciso momento miraba detenidamente el recipiente del bicarbonato, comprendía la broma. Sus ojos parecían salirse de las órbitas. Vi como unas lineas rojas se desplazaban desde el lagrimar hasta llegar a la pupila, y como engordaban a base de llenarse de sangre.
Estuvimos varios días un poco enfadados, pero no tardamos en volver a ser los amigosy compañeros que siempre fuimos.