Tendidos en la cálida y fina arena de aquella infinita playa Africana, disfrutábamos de un luminoso día de verano. No muy lejos de donde estábamos, una intrépida y desnuda pareja de turistas franceses alternaban los chapuzones en el azul del mar, con los juegos de balon en la arena. Aprovechando que la pelota se acercó a nosotros, la joven nos invitó
a jugar. Miré a mi amiga y al ver que sonreía, acepté encantado. No dudamos un instante en despojarnos de nuestros ridículos bañadores, y en poco, gozábamos los cuatro libres y procaces de una irrepetible mañana de luz y mar. Un aldeano que nos miraba desde hacía algún rato nos hizo señas para que no nos metieramos desnudos en el agua. Insistía sobre todo en que no lo hiciéramos los hombres. El francés y yo nos miramos sorprendidos y fuimos a dar con él, mientras las mujeres nos seguían con la mirada. El puñetero negro nos quiso fastidiar contándonos una milonga sobre un pez de desproporcionada boca y terribles dientes, que de un bocado podía arrancarnos nuestros genitales. Por poco nos meamos de la risa.