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Rubem Fonseca: El gran arte
La imaginación (nuestra imaginación) es el espacio donde se gesta la pornografía cada vez que algo o alguien la estimula. ¿Qué hombre no ha visto alguna vez a una mujer hermosa y se ha imaginado a sí mismo refocilándose con y en ella? ¿Quién no ha tenido fantasías eróticas con tetas y nalgas descomunales, con bocas de labios ?horizontales y verticales? y lenguas prodigiosas que se pasean por todo nuestro cuerpo? ¿Qué mujer o qué ?hombre al que le gustan los hombres? no le ha visto el culo a un sano espécimen y se ha visto en un trance de posesión física cercano al éxtasis y a la muerte?

La pornografía comienza en la imaginación y busca su cauce a través de cualquier medio que le permita expresarse sin que esto signifique un coito, una fornicación con el primer ente que se nos cruce en el camino. ¿De qué otra manera se explica la necesidad que todos sentimos por hablar de sexo, por contar lo que hemos visto, vivido o fantaseado? ¿Qué explicación hay para que la mitad del repertorio universal de chistes sea dedicado al tema del sexo? ¿Qué sino un impulso pornográfico lleva a los hombres a contar sus experiencias sexuales?

Eso nos lleva a detener nuestra reflexión y contar una breve historia protagonizada por un amigo al que llamaremos Carlos Javier para ocultar su verdadera identidad.

Un día cualquiera, Carlos Javier se encontraba en su oficina lidiando con unos enrevesados documentos que esa misma tarde debían ir a parar a un juzgado penal. Su apuro y sus cuitas laborales eran tantas que muy pronto le dijo a Flor, su vieja secretaria, que tomara nota de cualquier mensaje que le llegara durante ese mediodía porque él, aparte de almorzar, iría un momento al ?banco?. Así, serio y silencioso como siempre, Carlos Javier bajó al vestíbulo de su edificio, saludó con un manoteo a los muchachos de la recepción y se fue con paso seguro hacia la calle. Allí se tropezó con los transeúntes y esperó a que el semáforo detuviera a los infinitos vehículos que a esa hora convierten en infierno a toda la ciudad. Cuando por fin cruzó la congestionada avenida, se dirigió al edificio que queda frente al suyo. Entró y se puso a esperar el ascensor. Ya en el piso quince, miró la puerta amarilla que dice ?Fairchild y Asociados? y se dijo a sí mismo que la solución al dolor que sentía en el cuello estaba a un timbre de distancia.

Ligia, una hermosa mujer madura muy bien arreglada, lo recibió, le dio un beso, le dijo que pasara, que qué maravilla su presencia, que hacía tiempo no las visitaba, que él ya era de la casa y sabía cuál era el procedimiento, que si quería un whisky, que se sentase en una de las poltronas de cuero porque ya venía Amanda con el menú para que él mismo escogiera su masaje.

Al rato, cuando ya Carlos Javier se sentía a años luz de los problemas jurídicos que dejó en su despacho, apareció Amanda tallada en un bonito traje anaranjado. Ella lo saludó, le mostró el menú y escuchó la misma pregunta y el mismo monólogo que siempre hacía Carlos Javier:
?¿Qué será mejor para esa tarde: el masaje ?Oriental?, el ?Latino? o el ?Completo?? Vamos a tomar el mismo de la otra vez.

Y Amanda se sonreía, sabiendo que las tensiones de aquel hombre elegante que daba buenas propinas desaparecerían en breve; que desaparecerían como desaparecieron cuando vino aquella primera vez en la que descubrió que con tan sólo cruzar la calle, frente a su oficina, encontraría un paraíso en el que, por un módico precio, le darían un condón, un albornoz, una mamada y un baño que lo dejaría feliz durante el resto del día; tan feliz que no dudó en llamar de inmediato a su amigo Carlos Ignacio para invitarle una copa y contarle con todo detalle cómo eran las tetas ?naturales? de Amanda, cómo estuvo el combo masaje-puñeta-felación-jacuzzi, cómo era la oficina convertida en refinado sitio de lenocinio y cómo era la cara de felicidad que tendría al volver a su nido de papeles y ocupaciones aburridas. De nada vale vivir en carne propia una sesión de sexo satisfactorio si no puedes contársela a tus amigos...

Bien. Frente a un producto pornográfico cualquiera, hay muy poco que imaginar. Cuando ante nosotros se desarrolla el eterno juego de la vulva omnívora y del erguido cíclope que se comporta como una bestia feroz (pero boba), no hay nada que hacer. Sólo nos queda mirar si es el caso u oír si nos lo están contando. Sólo cuando el hecho sexual ha pasado, comienza la imaginación a trabajar, a procesar esos culos desnudos que tenemos en la memoria.

A pesar de lo que digan algunos puristas pacatos, la pornografía, como todos los productos culturales que valen la pena, es una representación del mundo que estimula procesos mentales capaces de influir en la conducta de la gente, en sus manías, en sus comportamientos íntimos y sociales. Su fuerza radica en estimular el pensamiento, los recuerdos, la imaginación. De ahí que la imagen pornográfica siempre tenga público, que sea tan seductora y que nos haga detenernos ante su presencia. No importa que lo pornográfico cumpla un mismo libreto o que la calidad de los tinglados escenográficos o argumentales que lo rodean sean de segunda o de tercera. Lo que interesa es el centro de la pornografía: las variantes del coito, y además las mil y una maneras de presentarlo. Esto es tan cierto que día a día la industria pornográfica inventa géneros que supuestamente responden a las necesidades sexuales del público, cuando en verdad todo apunta a que cada género es producto de un ejercicio imaginativo cada vez más calenturiento hecho por gente que vive calculando los beneficios que obtendrían estimulando el vicio de la imaginación sexual ajena. Hoy podemos encontrar pornografía que trata de estirar por todos los medios la ?normalidad? del acto sexual y los elementos que intervienen en una interacción común y corriente. De eso habla el porno sadomasoquista, el pedofílico, el zoofílico, el coprofílico, las snuff movies, las películas con las famosas chicks with dicks, las que contienen gang bangs (o todos contra uno), las que muestran deformidades físicas, las que incluyen ?tramas?, las que se hacen llamar ?softs? y pare Ud. de contar.

...Yo, que no necesitaba ninguna invitación para ello, ligeramente embriagado por el mucho vino añejo, excitado por el perfume con el que me había embadurnado y viendo la hermosura sin tacha de la jovencita, me acuesto. Pero tenía el enorme problema de no saber cómo iba a montar a un ser humano, pues desde que me había convertido en asno no había tenido relaciones sexuales de las habituales entre asnos ni tampoco había montado a una burra. Y además me hacía sentir un miedo desmedido el pensar que la mujer, al no poder contenerme, resultara desgarrada y yo tuviera que cumplir una bonita condena por homicida.

Pero ignoraba que mis temores eran infundados. En efecto, la mujer, incitándome con muchos besos, y además apasionados, cuando vio que yo perdía ya el control, como si estuviera acostada junto a un hombre me abrazó y levantándome me recibió en su interior. Yo, cobarde de mí, estaba todavía temeroso y trataba de retroceder poco a poco, pero ella me agarraba del costado para que no me retirase y ella misma seguía a aquello que se le escapaba.

Y cuando me convencí de que la mujer todavía requería de mis servicios para su placer y disfrute, en adelante me dediqué a servirle sin temor, considerando que para nada era yo peor que el adúltero amante de Pasifae. La mujer tenía tal disposición para el sexo y era tan insaciable del placer de nuestras uniones que se pasó la noche entera conmigo...


Luciano de Samósata: Lucio y el asno; Relatos fantásticos
Aparte de esa necesidad por crear nuevas variables de lo mismo, aunque éstas resulten extremas y hasta repulsivas, la industria pornográfica se caracteriza por jugar al circo; es decir: por explorar y explotar los límites normales del cuerpo humano. De ahí que existan obras pornográficas donde aparecen las más extrañas posiciones y las más raras combinaciones de participantes en el acto sexual: hombres con hombres, mujeres con mujeres, transexuales con mujeres, transexuales con transexuales y un gato, un hombre con dos mujeres, una mujer con cuatro hombres, un hombre de pie metiéndosela a una mujer de espaldas mientras le hace un cunilingüis a otra que tiene sentada entre su cuello y su pecho... El sexo espectacularizado es una actividad que se manieriza con facilidad; es un reducto de la cultura ?como tantos otros? que al quitarle su carácter utilitario (la procreación), adquiere un valor estético que pocos están dispuestos a aceptar.

De todo ese mundo condenado a las catacumbas del vicio, el único elemento que no se asume con espectacularidad ?a menos que se trate de otro fenómeno circense?es el pene. Si el espectador mira con atención, en todo evento pornográfico el miembro masculino actúa como el objeto que viene a horadar los orificios. Su modestia, si cabe el término, se debe a que la especie humana no concibe o, más bien, no ve como normal un pene que no funcione. Para todo hombre no existe ni puede existir un órgano sexual masculino que no funcione, que no sirva para entrar en otros cuerpos; es imperdonable. Por eso, y por razones anatómicas que hacen que el pene esté más expuesto al mundo, las vergas de los actores porno no tienen, ni de cerca, el mismo nivel que los chochos de las actrices. En el desnudo de ellas siempre hay sorpresas, rincones, detalles que nos hacen querer resolver el enigma de lo femenino. El desnudo de los hombres es siempre directo, no da lugar a la imaginación, a dudas o a misterios. Hay en él un estar ahí demasiado rotundo como para que su presencia cause sorpresa. En el cine porno, la eterna escena de eyaculación, del cum shot sobre el cuerpo o, casi siempre, sobre el rostro del otro participante de la relación (iba a decir ?sobre la actriz?, pero no hay que olvidar el respeto por las ?minorías?) es el único gesto ?espectacular? que se le permite al pene.

...Y no bien estaban fuera bálano, prepucio y glande cuando ya ella me estaba masturbando, pero tal como ella procedía, era más hacerme una paja que masturbarme; yo me masturbaba, ella me hacía una paja, y aunque había mucho más arte en mi modo, había efectividad en su manera porque enseguida estaba consiguiendo ese murmullo inaudible para un segundo que precede a la venida, esa agitación que viene antes de la eyaculación, ese momento en que el pene busca una penetración que no existe más que en la imaginación de su glande, la ha estado buscando hacia un coño y ahora sabe que no la conseguirá, idea fija en su prepucio que desecha, y circunciso él solo, bálano sin vagina, como con vida propia (con individualidad, en efecto) va a producir los movimientos siempre bruscos, siempre hacia arriba, siempre convulsos, que por una simpatía incomprensible del apéndice vermicular pasan al cuerpo y la agitación se generaliza, como se estaba propagando ahora en que el pene, al revés de la pila de agua de la Plaza de Alvear, se convierte en un surtidor, en regadera, fuente natural brotando, manando, regando las inmediaciones, saltando por sobre la fila delantera, finalmente en manguera que dispara en chorro hasta la impoluta pantalla, borrando a los actores, bañando a las actrices, desdibujando a los personajes (que me maten simiente),, pegando en el espaldar de los asientos de adelante, cayendo sobre mis piernas, en un movimiento inverso, cada vez menos intenso, ella sosteniendo el guisopo de mi pene asperjando apenas ahora y es entonces que oigo las frases que me ha estado diciendo esta muchacha, murmurando primero, después hablando alto, luego gritando: Vas a ver...
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"El arte por el arte es lo único que dignifica al hombre artista"
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