La fiesta de los orificios - Por Roberto Echeto [Ensayo]
La pornografía no me hace efecto desde que cumplí 25 años
Un borracho
¿Qué harán en sus ratos libres las actrices porno? ¿Qué harán con sus cuerpos rellenos de silicón cuando no están fingiendo orgasmos frente a las cámaras? ¿Les dolerá la espalda a las que tienen prótesis mamarias demasiado grandes? ¿Irán al ginecólogo? ¿Conversarán sobre el VPH, el sida y otras enfermedades venéreas? ¿Tendrán orgasmos reales? ¿Irán al mercado? ¿Ayudarán a sus hijos a hacer las tareas? Quién sabe. A lo mejor son tan normales como todo el mundo.
Otro borracho
Todo evento pornográfico es variación sobre un mismo tema: el sexo; sexo en todas sus formas, sexo pervertido, fogoso, por delante, por detrás, por arriba, por abajo, con hombres, mujeres, animales, muñecos, objetos, fetiches y demás variantes de lo mismo: de la piel, de los genitales, de los orificios corporales, del ?old in and out? que engendra la vida toda la vida.
La pornografía es una forma de sexualidad sin celos y sin complejos. Todos lo hacen con todos y son felices, celebrándose sus hazañas. Sin embargo, y para que no queden dudas, hay que decir que no todo acto sexual es pornográfico. Para que haya pornografía debe haber una cierta malicia, una cierta travesura que se encuentra comprimida en las raíces griegas de la propia palabra que nombra el fenómeno cultural que aquí comentamos. ?Pornographos? quiere decir ?el que escribe sobre las prostitutas?, sobre las hetairas, heteras o, en buen cristiano, putas. Describir lo que hacen las putas o, más bien, las personas ?licenciosas? (porque en este mundo hay también ?putos?), lo que nos imaginamos de ellas, lo que queremos que nos hagan y lo que hacemos con uno de esos seres cuando tenemos la suerte de cruzárnoslos en el camino, es un acto siempre subversivo capaz de dinamitar, con inexplicable eficiencia, el orden del mundo. Y luego dicen que el sexo y hablar de sexo son actos sencillos como respirar, como tener tos o morirse...
Así como existe una ?pornografía? en la que hubo, hay y habrá escritores dedicados a contar escenas de sexo descarnado; dibujantes, pintores prestos a pintar frescos pornográficos como los de las villas romanas; escultores listos para crear piezas con falos dignos de Priapo; fotógrafos, cineastas y programadores dispuestos a llenar la red digital de sitios ?para adultos?, existe también una ?pornofonía? que no sólo trata de las bandas sonoras llenas de los gemidos ficticios típicos de toda película porno, sino de que hubo, hay y habrá en todas partes alguien dispuesto a amenizar una reunión con un cuento verde extraído de su propia experiencia o de su propia fantasía. Hablar de sexo, oír las exageraciones de cama, reseñar la espectacularidad de las supuestas hazañas y creerse o no los cuentos eróticos de los otros es algo que la pornografía tradicional nunca considera de su dominio, pero seamos francos: el sexo nos mata. Queremos hablar de coitos, penes y vaginas porque son tópicos que nos preocupan. Por eso existen los bares y las compañías telefónicas que prestan el servicio de las llamadas ?líneas calientes?.
El sexo, en cualquiera de sus variantes, es difícil, y la pornografía, con su eterna referencia a licenciosos, viciosos y adictos fornicadores, exhibicionistas y afines, es una manera de hacer que el sexo parezca fácil. He ahí su encanto y su trampa.
A estas alturas, es muy probable que unos cuantos se hayan reído de las afirmaciones anteriores. Quizás, luego de cerrar estas páginas, se hayan puesto a regar las matas o a ver televisión. Quién sabe. Quizás crean que el sexo es fácil, que uno anda por la vida teniendo relaciones sin conversar, sin involucrarse un mínimo con el otro, sin dar nada a cambio, sin someterse a ningún escrutinio, cuando menos, de la propia conciencia o del propio cuerpo. Tal vez piensen que el sexo es simple, tan simple como coser y cantar. Quizás lo sea para los miserables que se satisfacen solos o para aquellos que no reparan en el prójimo, pero el sexo es complejo porque amerita interacción, y todo contacto verdadero con el otro es doloroso... Y no digan que no es así porque nadie se los creerá. Y menos si sabemos que, del Dr. Freud para acá, hay millones de sexólogos en el mundo entero que se lucran tratando y curando los traumas que los enredos del sexo producen...
Uno de los temas más complejos y más interesantes que van ligados a la actividad sexual humana es el desnudo. Para nosotros, hombres y mujeres occidentales, lo normal no es andar por la vida en cueros; es estar vestidos. La gente se viste no sólo para cubrirse del frío o de los demás elementos: cubre su cuerpo para enviar mensajes, para comunicar cosas, para decir cuán interesante, glamouroso, millonario, conservador, liberal o idiota es. En ese particular, el desnudo humano parece bastante insípido. La piel tostada de un hombre cualquiera y la constelación de pecas que en el pecho lleve una mujer hermosa jamás tendrán el poder comunicativo de una chaqueta Armani o de un taller Chanel; mucho menos tendrán la posibilidad salvadora que ofrece la piel camuflada del camaleón, de la serpiente o de ciertas mariposas. Por muchos tatuajes que usemos, el desnudo humano es, comparándolo con la piel de un tigre o de una cebra, contundente en su debilidad. Vernos al espejo desnudos es ver a un ser extraño al que, para colmo, le enseñaron que quitarse la ropa es algo que se hace en privado, que mostrar los genitales en la calle es algo impensable y hasta vergonzoso. Verse desnudo en el espejo es raro, es ver a alguien que tiene los pechos caídos, que luce una barriga demasiado prominente, que tiene demasiados pelos aquí o allá, celulitis, las piernas demasiado cortas o demasiado largas, papada o joroba y que, para colmo de males, en su bajo vientre se dibuja un órgano sexual cuyo nombre tiene decenas de pseudónimos (graciosos algunos y vulgares los más).
...La vieja sacó de su seno una redecilla tejida de hilos de variados colores con la que rodeó mi cuello. Luego amasó con su saliva un poco de polvo que levantó en su dedo medio y, pese a mi repugnancia, me señaló con ello la frente...
Acabado este embrujo, ella me mandó escupir tres veces y echar por tres veces en mi seno unas chinas que ella había encantado anteriormente y había envuelto en púrpura, y acercando sus manos comenzó a comprobar el vigor de mis ingles. Más rápido que la palabra, el nervio obedeció a la orden recibida y llenó las manos de la vieja con su enorme sobresalto. Ella entonces, llena de alegría, dijo:
?¿Ves tú, mi querida Crisis, qué hermosa liebre he levantado yo para otros?
Petronio: El Satiricón, Cap. CXXXI
En la mayoría de las personas, el tema del desnudo es fuente de pudores y hasta de complejos que llevan a Calvin o a María a sentirse mal si no se ven a sí mismos como el modelo de belleza que inculcan los medios de comunicación. Desnudarse en público requiere de un valor, de una libertad que no todos en este mundo de reprimidos y de enfermos de doble moral poseen. Por eso, el desnudo verdadero, el que lo muestra todo, el que deja ver los rincones más oscuros de la anatomía, el que no se avergüenza de sus imperfecciones o trabaja para corregirlas, el que se aleja del traje de baño, de la pantaletica o del sostén chiquito que cubre lo que casi no puede cubrir, es siempre subversivo, siempre libertario, siempre envidiado y siempre bienvenido entre los fisgones sin oficio. Por eso, y porque las putas trabajan desnudas, el tema de mostrar el cuerpo sin ropas va unido al de la pornografía, y el público durante siglos así lo percibió; que le pregunten a los obispos romanos que, en el siglo XVII, comisionaron al artista Danielle Da Volterra (Il bragghetone) para que pintara unos velos que cubrieran los sexos de las figuras desnudas de la Capilla Sixtina pintadas por Miguel Ángel.
El desnudo subvierte el orden desde el momento en que cuestiona el prurito según el cual exhibir lo que debería permanecer escondido supone una pérdida del honor, y no hay nada que apetezca más en este mundo que camina dando tumbos entre la libertad y la idiotez, que apostar o vender la honra para ganar dinero fácil y obtener los favores fáusticos de la vida galante. De ahí que hoy exista una gran diferencia entre el desnudo tonto que muestra partes del cuerpo, como por accidente erótico, y el desnudo pornográfico que enseña con todo detalle el culo, el vello púbico, las tetas, el pene, la vagina, los testículos, la boca, la piel... Todo.
En el desnudo pornográfico, hay algo que produce el efecto más demoledor del mundo: la exhibición desprejuiciada de un monstruo húmedo y peludo con dos labios que, como Escila y Caribdis, se tragan todo a su paso. A diferencia del desnudo calificado de erótico, el desnudo de la pornografía muestra en toda su extensión ese algo que nos imaginamos, ese fascinante instrumento engendrador de vida que tratamos de ver ?con la visión de rayos X de Superman? por debajo de la ropa y de nuestros pudores. Aunque la pornografía sea una fiesta de todos los orificios corporales, el órgano sexual femenino gobierna en ese reino donde todos los huecos son hurgados. Ni siquiera el ano, con toda su carga de placeres escatológicos la mayoría de las veces desconocidos, suscita la curiosidad hipnótica que ese aleph, que ese hueco de los huecos produce. He ahí, en ese deseo oscuro y secreto que nos impulsa a imaginar una vagina o una interacción entre nosotros y los orificios de los que nos rodean, la fuente de todo evento pornográfico.
...¿Los descubrimientos se producen por casualidad? Nunca por casualidad. Cabral sabía muy bien a dónde iba. Uno siempre quiere descubrir algo y yo al final lo descubrí, después de muchos días. Aquel día, cuando metí el dedo en aquel canal viscoso y ardiente, que más parecía una máquina rudimentaria de trinchar carne, aquel día descubrí algo espantoso. Era la vagina dentada de los antiguos, que siempre pensé que era una ficción literaria o una invención de los apóstoles de la represión sexual, pero que estaba allí, a mi disposición, royendo mi dedo después de haber devorado mi verga. ¡La vagina dentada! ¡Cielos! Mi alma se llenó de horror...